El engendro

Inicio una nueva sección de relatos. 

Nunca me había dado por escribir ficción, pero surgió un concurso en el pueblo y participé… ¡Y gané! Así que valoraré la posibilidad de seguir escribiendo algo de ficción para coger estilo. 

El relato que envié participaba en el FAN (Festival Aragón Negro) de Gelsa. El género de novela o cuento negro es muy amplio: desde los monstruos de la oscuridad de los mundos fantásticos de H.P.Lovecraft a las tinieblas psicológicas y terroríficas de Edgar Allan Poe. El propio Poe fue el creador de la novela detectivesca actual, con su detective Dupin, que apareció por primera vez en «Los crímenes de la calle Morgue», primero de los tres cuentos que Poe dedicó al extravagante detective que marcó después el camino de Sherlock Holmes de Conan Doyle y al que hace referencia en su primera obra de Holmes «Estudio en escarlata» al ser comparado con Dupin. 

Desde entonces el género negro contempla desde las novelas de terror, suspense, oscuridad (negro), a todo el género policíaco. 

Sin más preámbulos, os dejo con el relato. Al final del mismo hay unas notas para entender un par de cosillas. 

Espero que os guste. 

EL ENGENDRO

Atravesar un puente no es nada deseable para una persona que padece vértigo. Y menos lo es, si cabe, cuando apenas se divisan cinco metros más allá de la cabina del camión. Bajo un cielo rojo en llamas, un manto de espesa niebla acariciaba todo el río Ebro, como casi cada amanecer de invierno. Gélidas y ciegas; así eran las mañanas en la ribera del río.

Subí un poco el volumen de la radio, respiré varias veces para relajarme, y esperé con los faros antiniebla que ningún vehículo viniese en sentido contrario por el tramo de aquel viejo puente cuya estructura se me antojaba en extremo delicada. Los años de experiencia en la carretera no me habían servido en absoluto para dominar el miedo a las alturas en los puentes. Ni al agua. Casi prefería estrellar el camión contra el duro asfalto que caer en un río profundo y morir ahogado. El nadar no me preocupaba en absoluto, era la agonía que se mostraba en mis pesadillas al morir agonizando, incapaz de poder quitarme el ceñido cinturón lo que me atemorizaba.  

Pausadamente logré atravesarlo mientras unas gotas de sudor nervioso caían por mi frente. Nada más cruzar el puente, me pareció ver una gasolinera a la derecha tras la bruma. Y tras esa fugaz visión, vino el golpe.

Un golpe seco hizo que se elevara la cabina unos centímetros y el habitáculo cayera de manera brusca. Fue breve, pero inesperado.

—¡Maldito bicho! —dije, pensando que había chocado contra un jabalí u otro animal salvaje.

Salí de la cómoda cabina del camión para enfrentarme con un frío y una atmósfera que cortaban la respiración. Ojeé la parte delantera de la cabina y de manera casi inmediata deslicé la mirada hacia la rueda llena de sangre. Fuese lo que fuese, le había pasado por encima. Pero por fortuna no había dañado mucho el chasis de la cabina, sólo había una pequeña abolladura de la que el seguro se haría cargo.

Y entonces escuché el gemido.

Muerto de frío y de curiosidad me acerqué a la figura que yacía en el suelo cuando me percaté de que lo que había atropellado nada tenía de jabalí ni de animal salvaje. Aquello era un organismo humano, famélico, sin pelo en la cabeza, con manchas en el cuerpo, aplastado por el tórax y con las piernas casi separadas del resto del cuerpo sobre un charco de sangre que se mezclaba con el mugriento asfalto. De pronto, giró la cabeza dirigiéndose a mí con la mirada perdida de un hombre que hace tiempo que ha perdido la vista y algo más, y me dijo:

—¡Celse!

Retrocedí espantado. ¿Cómo podía aquel hombre haber girado la cabeza y pronunciado aquello con el cuerpo casi totalmente seccionado? Pensé en pedir ayuda, pero me reí de lo absurdo que sonaba. Eludiría la parte final, ya que nadie me creería.

Los ojos de aquel enigmático ser por fin descansaban en paz mirando hacia el cielo. Pero yo lo había matado, aunque la maldita niebla hubiese tenido la culpa. Quise llamar por teléfono para pedir ayuda y que retirasen aquel escuálido cuerpo. Pero temblaba. A pesar del frío, temblaba como pocas veces recordaba haber temblado. Poco a poco, fui perdiendo la poca visión que la niebla me procuraba, y desmayado, me desplomé contra el suelo.


Comencé a recobrar el sentido poco a poco. Primero el oído pero con el cuerpo todavía inmóvil.

—¡Joder, lo ha matado! —escuché a duras penas.

—Será mejor que nos vayamos antes de que despierte y nos contagie. —dijo otra voz.

—No se contagia. Hay que matarlo para que la maldición de la locura cambie de cuerpo, como hizo este pobre infeliz. —Sospeché que con «el infeliz» se referían a mí —. Parece mentira que no lo sepas.

—No me fio de las leyendas. De hecho, nunca lo creí. Llevamos siglos con esto y nunca lo había visto.

—Eres un escéptico sin remedio. Dicen que todo empezó cuando se cogieron las piedras de la Lápida Celsa para construir el antiguo cementerio y el convento. Yo tampoco lo había visto nunca, pero sé que hay mundos y demonios que desconocemos y que es mejor que así sea. No se puede jugar con el descanso de los que nunca pueden dormir.

—Pero ninguno de ellos ha muerto de manera natural, ¿no?

—Por lo que yo sé, no. Dicen que algunos han vivido más de cien años. Si es que a eso se le puede llamar vida.  

Desde el frío suelo la vista empezaba a despertar, y con ella el resto de sentidos. La nariz percibía un olor rancio, supongo que del cadáver. Y mi mente intentaba descifrar toda la extraña información que me iba llegando a través de los oídos. Por su manera de hablar no parecía que fuese la policía, sino vecinos del pueblo. Y la conversación era como mínimo perturbadora.

Hice un leve intento de incorporarme, pero al percibir que me estaba moviendo uno de ellos dijo:

—¡Se está moviendo, larguémonos! —Y en un momento se esfumaron.

Me quedé apoyado en la rueda del camión, asimilando las cosas que acababa de escuchar. ¿Una maldición que se transmite con la muerte? ¡Vamos, hombre! Pero, después de ver aquella cosa por lo menos había que tomarlo en consideración.

Sopesé la escasa posibilidad de que algo así pudiese ocurrir. ¡Y que me ocurriera precisamente a mí! No. Jamás he creído en esas cosas.

Me levanté y estremecí al darme cuenta de que aquel enigmático cuerpo, el protagonista de aquella misteriosa leyenda había desaparecido, lo mismo que la sangre. Por un momento pensé que todo había sido una alucinación, un delirio, un engaño de la mente, mas el golpe en el camión seguía allí, y en el asfalto, las marcas que el frenazo súbito del camión había dejado. No, no podía haber sido una pesadilla.

Miré el reloj y vi que habían transcurrido casi tres horas. La niebla había desaparecido y por fin podía ver el puente a un lado y la entrada al pueblo en el otro. No sé muy bien cómo, pero me había metido por un tramo de carretera que llevaba a una gasolinera, la que había creído ver antes del golpe, pero que se encontraba cerrada.

Subí a la cabina del camión y medité si continuar con el trayecto o si debía descansar un rato. Llevaba muchas horas conduciendo y quizá el cansancio me había jugado una mala pasada. Decidí que lo mejor era continuar y abandonar el pueblo. Ya tendría tiempo de descansar un poco más adelante y olvidar todo lo sucedido.

Pero algo ocurría en mi cabeza. Algo similar al miedo. Un miedo que no era capaz de ubicar ni identificar. No era como el miedo a las alturas, o a morir ahogado. Me sentí pequeño frente al mundo, aislado de la realidad. En un solo momento experimenté procesos mentales ajenos, recuerdos que no eran míos. Vi el cuentakilómetros del camión y no entendía nada. Sabía que lo había manejado hacía apenas unas horas pero era incapaz de entender su funcionamiento. El volante me parecía un círculo cuyo mecanismo ignoraba por completo. Y sin saber por qué, empecé a llorar.

Me sequé las lágrimas e intenté pensar en algo que no fuera en esa imagen que mi cabeza, de manera insistente, se empeñaba en evocar: la del siniestro cuerpo que sabía había atropellado.

Incapaz de conocer los entresijos del funcionamiento del vehículo, bajé de él y decidí buscar ayuda. Anduve un rato mareado, con aquel terror que todavía habitaba en mí. Me encontré a una mujer ya anciana y fui a preguntarle:

—Disculpe. ¿Sabe dónde puedo encontrar un médico?

La anciana me miró con desconfianza para pasar a la perplejidad. Me habló en un idioma que no entendía, y que no era capaz de identificar. Durante todos los años que me había dedicado a viajar en el camión había recorrido media Europa. No hablaba con fluidez el inglés, pero era capaz de mantener pequeñas conversaciones. Del alemán, francés e italiano era capaz de reconocer algunas palabras y hacerme entender. Pero el idioma de la anciana tenía un sonido tosco, casi como de Rusia o de algún país del Este. Aunque su aspecto, que bien podía llevarme al engaño, era el de una persona de aquí. 

Pero mientras esas ideas rondaban mi cabeza el rostro de la anciana se desdibujó hasta llegar al espanto. Me miraba con la cara de quien ve al mismo diablo. Apresurada, se giró y prosiguió su marcha a gran velocidad, con pasitos cortos pero veloces.

Me adentré en el pueblo, y me perdí. Cuando me quise dar cuenta creí estar dando vueltas sobre un mismo punto y volviendo siempre al mismo lugar de origen. Como el Minotauro en el laberinto, deambulando por las calles angostas de lo que parecía ser el barrio morisco.

Barrio Morisco
Barrio Morisco

Durante todo el trayecto pregunté a los vecinos del pueblo, pero en balde. Con todos me ocurría lo mismo. Primero incomprensión, después el pavor y finalmente la huida.

Cuando escuché el sonido de las campanas de la iglesia. No sé cuántas veces habrían sonado en lo que llevaba en el pueblo. Pero entonces recordé que en los viejos pueblos las iglesias solían tener la cruz en el punto más alto, ya que nadie podía estar en una posición más elevada que Dios. Así que guiándome por el sonido y retirándome un poco hacia atrás pude divisar el campanario con su correspondiente cruz.

Intenté no perderla de vista, aunque en esta ocasión era yo quien intentaba esquivar a los vecinos del pueblo. Ese nuevo sentimiento de rechazo me dolía en lo más hondo de mi ser. Así que cuando veía a uno, me giraba y volvía tras mis pasos para esconderme en algún rincón hasta tener el camino despejado y poder salir.

Una última calle estrecha y por fin esperaba llegar a la iglesia. Pero entonces me di cuenta de que no sabía que hacer a continuación. No tenía un plan. Había recurrido a la iglesia para salir del laberinto de callejuelas, pero ahora había más vecinos transitando cuyo comportamiento era del todo reprochable.

Se podría decir que sentía algo así como animadversión hacia esas personas. Un poco de educación no les habría venido mal. Aunque todavía me llamaba la atención el hecho del idioma. No estaba en la franja y no había pasado a Cataluña. Pero en cualquier caso, esa repugnancia que mostraban al verme no podía ser más que fruto de una mala educación.

Me sentía muy irritado. Hasta que giré mi cabeza a la izquierda y me fijé en el escaparate.

Era una mercería, pero mi atención no se fijó en los productos que vendían, sino en mi reflejo. Mi cara se había hinchado, y unas zonas oscuras aparecían aleatoriamente por todo mi rostro. Me rasqué la cabeza y noté mi pelo marchito. Al retirar la mano, un gran mechón de pelo la acompañó. Me estaba quedando calvo. Salí corriendo con todas mis fuerzas hasta dar con lo que buscaba: un coche aparcado.

Moví el retrovisor para poder observar con más detenimiento mi imagen. Y entonces empecé a comprender. No había sido un sueño. El golpe fue real, el hombre o como se pueda llamar también era real… y la maldición también.

En ese momento comprendí la reacción de los vecinos del pueblo. ¡No eran ellos, era yo! Había dejado de entender su lenguaje, que no era otro sino el mío. El que yo utilizaba… hasta ahora.

Subí la calle más grande con la esperanza de huir del centro urbano. Pero entonces empezaron las alucinaciones.

A ambos lados de la calle, ya habiendo casi abandonado el pueblo tras de mis pasos, los troncos y ramas de unos árboles desnudos se me antojaron cual Quijote con sus molinos, unas enormes manos que salían del suelo. Vi como se movían. O creí ver como se movían. Ya no sabía distinguir lo real de lo irreal.

Me encontré con una ermita. La ermita del Buen Suceso.  Creo que estas fueron las últimas palabras que llegué a comprender antes de que mi mente se hiciese abstracta para mí mismo.

Ermita del Buen Suceso
Ermita del Buen Suceso

Me escondí en unos arbustos que había tras ella. Allí estaba solo, sin que nadie me pudiese ver. Y pronto me di cuenta que esa locura me absorbería por completo en breve. Pronto no sabría ni quién era yo, si es que todavía lo sabía. Olvidaría mi pasado, mi familia, mi nombre. De hecho ya no lo recordaba. Solo recordaba una y otra vez. ¡Celse!, ¡Celse!, ¡Celse! ¿Sería ese mi nuevo nombre?

Un fuerte impulso me hizo subir un poco más. Me sentía atraído como un imán a un campo magnético. Atravesé una carretera y pronto llegué a la fuente de mi atracción: el cementerio.

Cementerio
Cementerio

Tras la gran puerta metálica, franqueada por dos bancos, me esperaba un espectro de las tinieblas. Era él, sin duda. Aunque pareciese más humano muerto que recién atropellado.

—¡Lo siento! —fue lo primero que me dijo.

—¿Qué me has hecho? ¿Qué mierda es esta? —repliqué con una brutalidad que no era propia de mí.

—Me atropellaste. Hiciste algo por mí que yo mismo no podía hacer. No podía morir sin ser matado. Y has sido tú. —contestó con gran ternura en su voz, como si realmente sintiera todo el daño que me había causado y que me causaría.

—¿Por qué a ti te entiendo y a los demás no? —interpelé para satisfacer mi curiosidad.  

—Porque estamos en el mismo mundo. Ya has dejado de pertenecer a los vivos. No los entiendes ni los entenderás. Y pronto tampoco te entenderás a ti mismo. Dejarás de tener sentimientos humanos: no comerás, no dormirás, no… recordarás. —dijo esto último como si fuese lo más doloroso de todo.

—¿Y mi familia? ¿Qué hay de mi familia? —pregunté con gran preocupación.

—Por ellos ya no puedes hacer nada. Te darán por desaparecido primero, y finalmente te darán por muerto. Y por fin, cuando alguien acabe contigo, descansarás. —contestó él.

—Y le pasaré la maldición. —dije, recordando la conversación al despertar del choque.

—Exacto. Y ahora si me perdonas, por fin puedo estar con aquellos que hace muchos años abandoné. A partir de ahora estás solo. —sentenció.

Y sin dejarme decir nada más se giró y me pareció escuchar un «que tengas suerte».

Resignado, me senté en uno de los bancos. Medité durante un rato mi situación. Había sido juzgado y sentenciado de por vida, sea lo que sea que ahora significase «vida», a convertirme en un engendro de la naturaleza.

No podría comunicarme con nadie. Nadie me entendería y todos huirían al ver mi aspecto, que sin duda empeoraría con el tiempo.

Decidí seguir aquella carretera y buscar un hábitat más tranquilo, lejos de la gente, dispuesto sin otra alternativa que la de ser aquel que continuaría con un hechizo de siglos de antigüedad. 


No recuerdo cuantos años hace que voy vagando por estas montañas. Los primeros tiempos fueron duros. La vista empezó a interpretar lo que se le antojaba. Intercambiaba colores, formas, … Hablaba con los árboles y con los insectos hasta que llegó el día que no sabía lo que era un árbol y un insecto. Como digo, no recuerdo cuanto tiempo hace que me oculto en estas montañas. Pero sí recuerdo con claridad el día que las abandoné. Para siempre.

Era una mañana de no sé qué día ni de qué año. Hacía un tiempo estupendo, aunque a mí me diera completamente lo mismo. Pero sí, sin duda tuvo que hacer un tiempo estupendo. No podía ser de otra manera el día que abandoné este contaminado cuerpo.

Estaría elucubrando alguna estrafalaria teoría del mundo de los infiernos arrodillado en el suelo cuando una gran explosión me ardió con fuerza en el vientre y un aullido agudo salió de mi garganta. Vi restos de mis vísceras esparcirse por el campo a mi alrededor mientras una calma indescriptible se iba apoderando de mí.

—¡Le he dado, le he dado! —escuchaba a lo lejos una voz que se aproximaba.

—¡Que suerte! ¿Qué era, un ciervo? ¿Le has dado a un ciervo? —exclamó otra voz.

—No lo sé, eso creo. —le contestó la primera voz.

Se acercaron los dos rápidamente hasta mí. Uno de ellos retrocedió un paso mientras el otro se quedaba paralizado observando mi esmirriado cuerpecito.

—¿Pero qué narices es eso?

En ese momento, en la ermita de San Nicolás de Bari, en Velilla, una campana tañía sin motivo alguno justo cuando mi mirada se cruzaba con la de mi asesino y salvador.

—¡Celse! —dije justo antes de abandonar esperanzado este mundo demente.

San Nicolás de Bari
San Nicolás de Bari

 

·         «Celse» es uno de los nombres antiguos de Gelsa, en la época de los Romanos o probablemente antes, con los Celtas.

·         La «Lapida Celsa» es donde se empezó a construir el pueblo en un principio, al lado de lo que ahora es Velilla de Ebro. Hay un museo y se pueden ver los restos de lo que fueron en tiempos pasados casas y otras construcciones.

·         La campana de la ermita de San Nicolás de Bari, en Velilla, tiene una leyenda curiosa. Se dice que la campana subió por el Ebro (en vez de bajar) y que pasó por varias poblaciones pero cuando la querían coger la campana se metía Ebro adentro hasta que llegó a Velilla, donde unas chiquillas se acercaron y la campana fue a su encuentro. Después se dice que la campana protege de las lluvias y que tañían (sonaban las campanas) sin ningún motivo para presagiar un mal augurio o desgracia. Muchas de ellas militares.

 

 

Deja un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies